Mademoiselle de Sablieu, madama en el cabaret Rambouillet, gorda y medio calva, ya no se preocupaba por el crecimiento de su barba. No era una linda anciana y nunca fue un lindo hombre. Pero decía que descendía de la mismísima Helena de Troya. Y aunque cuando se embriagaba era la hija no reconocida y anacrónica de María Estuardo e Isabel I, sobria se legitimaba repitiendo algo parecido a Gallia est omnis divisain partes tris. Su apellido verdadero era Lemper y su nombre, por el que la conocían los desconocidos, Eva. Con su lengua materna, el alemán, estaba entronizada en un banco robusto de la barra. Le gustaba tocar a sus chicas, pero todos sabían que era virgen.
Los lunes, miércoles y sábados se reunía con un grupo escogido que la observaba mientras manos extranjeras la bañaban y ella decidía el destino de sus veinte chicas. Los viernes actuaba en el burdel y cualquiera podría haber pensado que cantaba Armstrong. Pero nadie se reía. Y al bajar del escenarito, con dificultad, le decía al primer mozo que se le
cruzaba, mientras agarraba algún vaso de alcohol: simulan que les gusta mi canto, pero solo quieren ver mi corazón roto. Un día se sintió cansada. Mandó llamar a todas sus chicas, mozos y otras gentes, les tendió su mano desde la cama ruinosa y les dijo: yo me voy, Francia se queda...





