domingo, 15 de junio de 2014

Mi primer beso


En vacaciones todos mis primos por parte de mamá venían a mi casa y pasábamos el mes de agosto en el plan vacacional de la biblioteca pública de mi pueblo. Éramos siete primos, todos varones, muy fino. Yo soy hijo único y el segundo entre los primos. Como no tengo hermanos, mis primos para mí fueron casi como hermanos. Todos los problemas y cosas sabrosas que se viven con los hermanos, las complicidades, los secretos, las aventuras, las peleas por la ropa, los juguetes, todo eso, lo viví con ellos. Y lo vivía una sola vez al año, en agosto.

El año que salí de séptimo grado y pasé a cuarto, ya estábamos entrando a la preadolescencia, nuestros cuerpos comenzaban a cambiar, ya empezábamos a hablar de novias, y salidas, y latazos (besos) y matines (fiestas en la tarde), y todo eso.

Ese año algunos de primos llegaron al plan y enseguida consiguieron novia. No es por nada pero mis primos son bellos. Son tan altos como yo, y sacaron unos cuerpos muy lindos. Así que esas vacaciones, cuando llegaron a la biblioteca más de una chamita estaba derretida por ellos.

Ese año nos fuimos a un rincón (salón temático donde pasabas todo el plan) pero no recuerdo el nombre. Un día, una muchacha, que conocíamos de años anteriores me dice que me tenía un regalo. Me mostró dos chupetas de chocolate. Las dos se veían muy ricas. Una decía “Te amo” y la otra “Bésame”. Ella me dio a escoger y yo tomé la de “Bésame”.

Todo iba bien hasta allí, pero se me ocurrió la brillante idea de preguntarle si se cumplía, es decir, que si lo que decía la chupeta se cumplía. ¡¡¡Bruuuuutoooooo!!! ¡Boooocóooooon!

Ella se rió de manera pícara y me dijo que sí, que estuviera pendiente, porque en las próximas cuatros semanas se iba a cumplir. Jajajajaja

Fueron tres semanas un poco aterradoras. Lo reconozco. Cada vez que la caraja estaba sola conmigo, yo la evadía, me hacía el pendejo, cambiaba el tema de conversación, huía.

Así me le escapé entre las escaleras, en el paseo a Nubeluz, un programa al que fuimos con el plan vacacional, en el Parque del Oeste, en la fila, y en todas las actividades. Pero el último día del plan, cuando yo pensaba que me había librado de todo y que no tenía que pasar por eso, mis primos, macoyando con las amigas de la chama, organizaron una supuesta fiesta de cierre de plan en casa de esta muchacha.

Yo me vi como cochinito que va directo al matadero. Fui con ellos a la casa de la chama, estábamos todos, ellos nos dejaron solos, la muchacha y yo hablamos de todo un poco. Yo tratando de darle largas al asunto, me hice el paisa de nuevo, y pasó la tarde y yo deseando que se terminara.

Terminó la reunión, pensé que ya había pasado lo peor, pero Jacinto, uno de mis primos, me dice “Qué pasa, primo, es ahora o nunca. ¿Vas a arrugar?”

¡¡¡DIOOOOSSS!!! Eran como las 6 y media, ya estaba oscureciendo, los muchachos se adelantaron cuando íbamos a la parada de los carritos y nos dejaron a ella y a mí atrás. La caraja fue caminando más lento, se detuvo entre unos árboles, me tuve que detener, se me paró al frente, y me dije a mí mismo: “Bueno, Jorge, ahora o nunca. Te toca. Como cuando el agua está fría, se pasa más rápido si lo haces de un solo golpe”.

Me acerqué, ella cerró sus ojos, yo nunca había dado un beso, así que sólo sabía lo que había visto en las películas, no sabía qué pasaba dentro de la boca. Ella se fue acercando más, yo no cerré los ojos. Y de pronto, cuando sus labios están a punto de tocarme, la tipa, al mejor estilo de Alien, saca su lengua, pero sin abrir la boca. Repito, al mejor estilo de Alien.

Salió de sus labios cerrados una lengua que en seguida se metió en la mía, y comenzó a revisar mis dientes, mi lengua… ¡¡¡IIIIIIUUUUUUUUUKKKKKKKKKKK!!!

¡GUÁCATELA! La cosa duró más de lo necesario. Si hubiese sido por mí duraba dos segundos. La tipa me revisó toda la dentadura, además tenía aparatos, así que debo decir que fue una experiencia espantosa.

La tipa después del beso mes sonrió, y me preguntó cómo habíamos quedado. ¿cómo novios, amigos, amigos con derecho? No recuerdo lo que balbuceé, pero obviamente no quedamos como nada.

Fue una experiencia horrible, porque era mi primer beso. Nunca había besado a una persona, la besé por la presión de mi grupo de primos, y porque pensé que si me negaba a besarla todos se iban a dar cuenta que yo era gay, aunque en esa época no lo expresara así, sabía que iban a sospechar que el muchacho era medio raro.

Fue un beso incómodo, mecánico, horrible, obligado, y yo solo pensaba mientras la besaba “¡Dios, en los peos que me meto por bocón! ¿Cuánto va a durar esto?”

Con los años salí con otras carajas, tuve novias, las besé, y siempre estaba la sensación y el pensamiento de que los besos no eran para nada sabrosos. Más bien eran incómodos, llenos de saliva, aburridos, desapasionados, mecánicos. Horribles. Si escribiera las vainas que pensaba mientras besaba a una chica, se estortillarían de la risa. “¿Qué habrá hecho mi mamá para la cena? ¿Mañana tengo examen de física? ¿Qué le pasa a esta caraja con la lengua? ¿Mamita, se te perdió algo acá adentro? ¿Estoy babeando mucho? ¿Qué se supone que uno hace con la saliva durante un beso? ¿Será que los besos son así de aburridos? ¿Será que yo no soy una persona besucona?”

Eso pasó hasta que asumí que era gay, que me gustaban los hombres, los tipos, que huelan a tipo, que tengan la voz gruesa.

A los 18 años fui a mi primera discoteca de ambiente… yo solo. Guerrero, el muchachito. Se llamaba Tiffany y era un ícono de la movida gay caraqueña desde los años 80. Creo que era la segunda o tercera vez que iba, y vi a un carajo que me resultaba familiar. Pensé que era un primo, pero resultó ser un carajo de mi pueblo, que había sido novio de una amiga. Ya no era. Afortunadamente para ella.

Lo saludo, hablamos, y al rato él me dice que lo acompañe a buscar unas cervezas en el carro. Yo lo acompañé y cuando estamos dentro del carro me doy cuenta que no íbamos a buscar solo cervezas. El carajo me ha estampado un beso, y ahí fue que lo entendí todo.

Su olor, su barba de dos días que raspaba, su lengua, su saliva espesa, mis manos tocándole el cuello, el cabello corto, la espalda, las nalgas, mi entrepierna latiendo como nunca antes, y todo eso por un beso.

Ahí fue que lo corroboré, lo mío eran los hombres, los tipos, los papacitos, los machos. Luego de haber estado por años dándome besitos suaves o apasionados con carajas que olían a carajas, que se sentían como carajas, que gemían como carajas, descubrí que un beso con un tipo, podía producir más en mí que todas las mujeres que había conocido.

Esa noche me di mi primer beso con un tipo y fue lo máximo. Fue una descarga de adrenalina lo que mi cuerpo generó cuando otro tipo me besó.

El chamo bajó mi asiento y se me vino encima mientras nos besábamos, pero en eso, llegó el dueño del carro, el otro amigo del carajo, así que no hicimos más nada. Yo estaba feliz. Me había dado mi primer beso con un tipo y había sido lo máximo. No cambiaría ese recuerdo por nada del mundo.