No, yo no salí esa noche a la ciudad buscando amor,
el amor es una sustancia venenosa, que pocas veces,
te ofrecen o te venden. No, mi pecho no buscaba
la virilidad de otro pecho para sentirme a salvo
—yo había jurado no volver a creer en la ternura,
ocultar la absurda necesidad de que alguien acariciara
mi cabeza, disimular mi vidriosa mirada
de cachorro apaleado—.
No, mis manos —aún cubiertas
por la escarcha del invierno— no tanteaban lo oscuro
en busca de otras manos que me recordaran
los dedos breves, dorados peces tropicales,
con que mi amante me recorría estremecer.
No, yo no creía en el amor aquella noche
mientras descendía a los sitios más sórdidos,
a los sótanos del alma.
Mi carne era mi enemiga. Mi carne ciega
me empujaba —vieja sibila— hacia el más ligero placer,
hacia los fétidos desguazaderos
en los que solo nos movía la fiebre y el deseo.
Atraído por esa viscosa mezcla de vida y muerte
que es la sangre, yo bajaba los escalones del infierno,
enrarecido laberinto en el que devorábamos
y éramos devorados.
Me provocaba náuseas aquella orgía,
aquel sonar de mandíbulas que, en círculos concéntricos,
se ensanchaban a mi alrededor: mis ojos panearon
en el mar de luz hasta aferrarse
a la roca que ofrecía tu sonrisa.