domingo, 3 de julio de 2016

Haciendo las pases con mi cuerpo


Saquito de huesos 
De pequeño no tenía conciencia de mi apariencia física. No me consideraba ni feo ni bonito. No era bueno en los deportes. Mi papá me inscribió en varios equipos para que hiciera alguna actividad física. De esa época me quedaron las piernas de futbolista. Mi mamá me decía de cariño "saquito de huesos" y a mí me encantaba.

La teta llorona
Cuando entré a la adolescencia fue que tomé conciencia de mi apariencia física. Todos los años mis primos se pasaban las vacaciones de agosto en mi casa. Éramos contemporáneos y cuando comenzamos a desarrollarnos, sus cuerpos cambiaron y comenzaron a lucir como hombres.

Unos vivían cerca de un río, otros en zona de playa... y todos a punta de nadar, sacaron espaldas, pechos, brazos y piernas. En cambio yo seguía teniendo el cuerpo de un niño. No hacía actividades físicas.

Recuerdo unas vacaciones en que Jacinto llegó con pectorales marcados y una novedad. Le salía leche de las tetillas. No mucha, pero le salía. En mi caso, mi pecho seguía hundido, como el de un niño.

Desde esa época me sentí avergonzado de mi cuerpo y no hice mucho para sentirme a gusto con él. Me inscribí varias veces en el gimnasio pero no era constante y mi cuerpo seguía igual.

Tres recuerdos
Sobre esto, recuerdo tres momentos de bachillerato. Primero, solía usar una franela debajo de la chemisse del uniforme para no verme tan delgado. Segundo, recuerdo un viaje a Guatopo que me bañé en el río con dos franelas puestas. Dos, no una. Dos franelas porque me sentía acomplejado. Y tercero, recuerdo una obra donde me tocó hacer de sacerdote. Cuando me estaba poniendo la sotana, había otros muchachos cambiándose y se quedaron impresionados de lo flaco que yo era. Me sentí apenado.

A lo largo de bachillerato y la universidad me sentí profundamente avergonzado y acomplejado por mi cuerpo.

El peso ideal
Cuando estaba en la universidad haciendo mi tesis, la ansiedad me pegó en el estómago y adelgacé mucho. Llegué a pesar 69 kilos. 69. Imagina a un tipo de 1.86 de alto pesando 69 kilos.

¿Has visto los pesos que están en las farmacias viejas? ¿Esos que debes meterle una moneda y te dan un reporte impreso? Bueno, esos pesos decían que yo estaba 20 kilos por debajo de mi peso ideal.

El patito feo
En todos estos años aprendí/entendí/asumí (escoja usted el verbo que quiera) que yo no era un tipo atractivo. Hay personas que lo son, yo no lo era. Me enfoqué en mis fortalezas. Soy bueno en los estudios y el trabajo.

Cada vez que alguien me dice un piropo, lo primero que pienso es que se está burlando de mí. No se lo digo, pero lo pienso.

Quizás por eso soy pésimo en las citas y las salidas. Me pongo muy nervioso, me cuesta aceptar halagos y la mayoría de las cosas que se dicen en una cita me parecen forzadas y previsibles. Me molestan los piropos porque siento que se están burlando de mí. Lo sé, estoy jodido.

El armisticio
Desde hace 6 años comencé a ir al gimnasio regularmente. He sido más constante que en bachillerato. Suelo ir por 6 o 8 meses y luego lo dejo un tiempo y lo retomo. Así he estado.

Mi cuerpo ha ido cambiando. El primer síntoma fueron los pantalones. Antes tenía que usar correa para que no se me cayeran. Ahora los relleno con mis nalgas, muslos y piernas. No necesito cinturón.

En las mañanas, cuando me cepillo los dientes, me veo al espejo y veo el cuerpo de un hombre, de un tipo... y eso me gusta. Ya no luzco como un niño.

Todavía hay partes en las que estoy trabajando. Tengo una lipa por chuchero, me salió papada y mis pectorales son dos tímidas teticas de adolescente, pero me siento más cómodo en mi propia piel.

Si algún día me animo, creo que me operaría el mentón y la quijada. Es lo único que no podría cambiar con ejercicios.

Me gusta

Siento que estoy haciendo las paces con mi cuerpo. Me gusta. Me gusta mi bello corporal, me gusta cómo sudo, me gustan mis piernas, mi altura, mi espalda, mis ojos, mi cabello. Me gustan mis pies y mis nalgas. Me gustan mis cicatrices y arrugas... y adoro mis canas.

Esto lo dice alguien que se ha sentido un patito feo casi la mitad de su vida. Así que disculpa mi falta de modestia.

Todavía me cuesta sacar del disco duro la idea de que soy un tipo espantosamente horrible. Todavía me cuesta aceptar halagos. Todavía me sorprendo pensando "Qué hace este tipo tan genial saliendo conmigo" o preguntándome "Por qué esta persona se burla de mí diciendo que soy bello, cuando es evidente que no lo soy". Todavía me suele pasar y sigo trabajando en eso.

Pero al menos ahora soy consciente de eso. Sirva este escrito, pues, para hacer las paces con el saquito de huesos que fui, con el hombre que soy y con el tipo que seré.

En la foto estoy con mi primito gay. Él es el de la izquierda.