Saquito de huesos
De pequeño no tenía conciencia de mi apariencia física. No me consideraba ni feo ni bonito. No era bueno en los deportes. Mi papá me inscribió en varios equipos para que hiciera alguna actividad física. De esa época me quedaron las piernas de futbolista. Mi mamá me decía de cariño "saquito de huesos" y a mí me encantaba.
La teta llorona
Cuando entré a la adolescencia fue que tomé conciencia de mi apariencia física. Todos los años mis primos se pasaban las vacaciones de agosto en mi casa. Éramos contemporáneos y cuando comenzamos a desarrollarnos, sus cuerpos cambiaron y comenzaron a lucir como hombres.
Unos vivían cerca de un río, otros en zona de playa... y todos a punta de nadar, sacaron espaldas, pechos, brazos y piernas. En cambio yo seguía teniendo el cuerpo de un niño. No hacía actividades físicas.
Recuerdo unas vacaciones en que Jacinto llegó con pectorales marcados y una novedad. Le salía leche de las tetillas. No mucha, pero le salía. En mi caso, mi pecho seguía hundido, como el de un niño.
Desde esa época me sentí avergonzado de mi cuerpo y no hice mucho para sentirme a gusto con él. Me inscribí varias veces en el gimnasio pero no era constante y mi cuerpo seguía igual.