sábado, 14 de febrero de 2015

Relato del gym


Dos horas de ejercicio me dejaron remamado. La colina para llegar a mi casa parece eterna, se siente como el Everest. A mitad de camino me llega Miguel, un compañero del gimnasio. No me había dado cuenta que venía cerca. Cuando me vine, él seguía haciendo ejercicios.



Confieso que siempre me sonrojo cuando lo saludo. Me gusta y creo que se ha dado cuenta. Cuando me ve, se ríe como diciendo: “Este es el marico que está babeado por mí” y, aquí entre nos, es cierto.

Me pregunta si estoy cansado. Si hubiera subido yo solo ese pedacito, me hubiera detenido al menos 3 veces, pero con Miguel al lado me da pena que piense que soy un blandengue.

– Estoy seco. No me vendría mal un vaso de agua helada en este momento– me dice.
– A mí tampoco– respondo.
– Si quieres agua, yo vivo cruzando la esquina. –pregunta.
– No, gracias –le digo–, mi casa está cerca.

Él insiste. Me dice que vive en el primer piso de ese edificio. “Tomas agua y aprovecho te muestro la merengada que tomo luego de hacer ejercicios. Quizás la conoces”.
– Ok.

Ya adentro del apartamento me trae un vaso de agua helada que sabe a gloria. Miguel vive con sus viejos, no me lo dice pero lo intuyo por las fotos de la sala, lo ordenado del comedor y los detalles de la cocina. Un hombre soltero jamás tendría un apartamento así.

No sé en qué momento él entró y salió del pasillo que lleva, al que supongo es su cuarto. Sale sin franela y con una toalla en el hombro.

No puedo sostenerle la mirada al ver su torso desnudo y sudado. Si ya me costaba verlo con camiseta… imagina ahora. Yo, intentando esconder mi sonrojo dentro del vaso de agua.

– Pero siéntate – me dice.
– No, estoy muy sudado. Te voy a mojar el mueble.
– ¿Y desde cuando estás en el gimnasio? –me pregunta.
Alcanzo a decirle que dos meses, antes de atorarme con el agua.

Me digo a mí mismo: “Vamos viejo, tú puedes, contrólate. No te pongas nervioso. Él solo es un pana del gimnasio. Más nada. Puedes hablar con él sin ponerte nervioso”.

– ¿Y la merengada? ¿Cómo se llama? –le pregunto.

“Eso es, tipo, tú estás en control. Él solo es un pana. Nada de ponerse nervioso. Vamos bien, viejo, vamos bien”.

– La merengada. Es cierto. Ya la busco – me dice Miguel entrando al fondo de la cocina donde supongo está el lavandero.

Cuando él regresa ya no tiene la toalla en el hombro porque la tiene enrollada en la CINTURA. ¡Se quitó el short! Marico, menos mal que no soy asmático, porque si no, ya hubiera tenido que sacar la bombita. No puedo verlo. Él me muestra el envase de la vaina que toma pero yo no puedo verlo a él, ni a la cara, ni al cuerpo, ni a nada. No puedo.

Siento mi cara como si fuera un horno. Las orejas están hirviendo y solo miro a la ventana de la sala tratando de evitar que se dé cuenta.

– Esta es la merengada –me dice–. Es buena. A mí me ha servido… pero siéntate. Sin pena.
– No. Te voy a dejar el mueble empapado –le respondo sin verlo.
– Si quieres, puedes bañarte.
– ¿Perdón? –le digo mirándolo con cara de sorpresa.
– Bañarte. Te puedo prestar ropa.
– Gracias, pero no hace falta. Yo vivo cerca. Además sería una molestia innecesaria. Gracias por el agua.
– Si quieres te puedes bañar conmigo –me dice Miguel, dejando caer su toalla.