1
La
idea me vino la primera vez que fui a un hotel. Tenía 23 años.
Apenas comencé a entrar dentro de ese culo, lo único que pensaba
era “¿por qué no me enseñaron esto en bachillerato? Me hubiera
divertido muchísimo desde esa época”.
Con
el tiempo, con otras parejas y en otras posiciones y roles, la idea
volvía. Cada vez que tiraba, pensaba: Si yo viviera de esto, sería
un hombre muy feliz.
A
veces pienso que si me pagaran por cada polvo, sería millonario,
pero es sólo un comentario fanfarrón. Mi vida sexual nunca ha sido
tan agitada.
2
En
la cama suelo ser desinhibido y hasta ahora me he divertido un
montón. Soy un tipo guerrero, al menos en la cama.
Una
vez me invitaron a una sex party. Al final del encuentro, uno de los
muchachos se me acercó y me dijo que si la próxima vez entregaban
premios, seguramente yo me los ganaría todos.
Sonrojado
y a carcajadas, acepté la distinción y hasta me imaginé los
renglones en los que podría resultar victorioso. Actor revelación,
mejor interpretación individual, mejor dúo o tex mex, mejor edición
de sonido, mejor guión original, mejor actor principal y el más
importante para mí, el premio del público al culo más rico.
“Gracias a la academia y a todos los que votaron. Este premio es
para ustedes”.
3
Con
los años la idea fue tomando fuerza y comencé a afinar eso de
querer vivir del sexo. ¿Específicamente qué me gustaría hacer?
¿Quería ser chapero, actor porno, stripper, masajista?
Un
chapero debe tener sexo con clientes, la mayoría de los cuales son
realmente desagradables. En cambio a un actor porno le pagan por
tirar con tipos relativamente sabrosos. Y si es una buena productora
de cine, los compañeros de reparto deben ser unos mangazos podri’os
de bueno.
Las
otras carreras no me entusiasmaban. No sé dar masajes y dudo que
alguien me quiera ver en un batitubo.
4
Sí,
ahora estaba más claro. Más que vivir del sexo, me gustaba la idea
de ser actor porno. Claro, en Europa o Estados Unidos hay productoras
de cine gay para adultos mucho más consolidadas, pero en Venezuela
no conocía a ninguna.
Tampoco
me esforcé buscando una, pero hace unos meses un compañero de
trabajo me pidió un favor. Estaba buscando dos tipas para una
película porno lésbica que él estaba haciendo.
Me
mordí los labios pero al final no me aguanté y le pregunté si
estaban buscando a actores. Él con una sonrisa pícara me dijo que
sí y, si estaba interesado, me podía anotar.
Quizás
hubiese aceptado, si no fuese alguien del trabajo. Quizás no. El
hecho es que arrugué. Aunque me encantaría poder ir a un set de
filmación de una carne con papa y tripearme el ambiente. Está en mi
lista de cosas por hacer.
5
En
estas semanas compré la biografía del actor porno Martín Mazza.
Este español es muy famoso en el cine erótico. El libro trae un dvd
que recoge el día a día de este personaje.
Nada
mejor que un baño de realidad para poner todo en perspectiva. Martín
es muy franco y va contando las cosas que hace un actor porno gay.
Largas
sesiones de fotos, ir a discotecas y bares casi todas las noches,
firmar autógrafos. Todo eso me parece cansón.
Lo
que más me impresionó es que cada vez que va a tener sexo… para
una película o para una sesión de sexo en vivo en una discoteca…
cada vez que va a tener sexo, se inyecta en el pene algo como viagra
en polvo.
Tal
cual. Es una droga comercial, que viene con inyectadora y se coloca
de cada lado del pene.
Ahí
se murió la magia. Pensé que si cada vez que yo tendría sexo,
tendría que inyectarme la paloma… ya no sería divertido. Hasta
allí llegaron mis ganas de ser actor porno.