domingo, 7 de octubre de 2007

ROSTROS Rummie Quintero Verdú: “Yo no soy trans”

Yeniter Poleo periodista venezolana, publicó este trabajo especial en El Mundo, un importante diario venezolano. Poleo se aproxima al retrato de Rummie Quintero, una activista venezolana que lucha por el respeto a la diversidad sexual y la no discriminación. Quintero es fundadora de Divas de Venezuela, una de las primeras organizaciones del país que trabajan con la población trans. A continuación transcribimos el texto original de Yeniter Poleo, quien amablemente nos lo hizo llegar. ¡Excelente trabajo!

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Rummie Quintero Verdú: “Yo no soy trans”

A los 4 años ya sabía que era niña pero todos la trataban como varón. Se alejó de los suyos y se convirtió en bailarina y activista diversosexual. Aún vive en Catia, donde pocos dudan de lo que es: una mujer

Yeniter Poleo

Caracas. Desde el balcón lanzan una cuerda a la que está anudada una llave; es el salvoconducto que permite subir unas escaleras estrechas que desembocan en la Academia Rummie Quintero Arte Coreográfico, situada en un viejo edificio próximo al bulevar de Catia. Abre la puerta una nena de sonrisa generosa, cercana a los 8 años, y tras ella aparece la reina del local: “Pasen, ya conocieron a mi sobrina. Denme unos minutos para terminar con mi alumna”, dice antes de esfumarse entre las coloridas cortinas de plástico del lugar. Olga Tañón advierte al fondo: “Es mentiroso ese hombre, es mentiroooso”.

Cuando Rummie Quintero vuelve a la oficina es imposible no fijar la mirada en el vértice de esas piernas duras y bien moldeadas. Viste un conjunto deportivo tan ceñido que no hay lugar donde ocultar algo. Es delgada pero atlética y se mueve como una gacela, delicada y veloz.

“Era carnaval y yo estaba en preescolar. Una maestra me preguntó que de qué me iba a disfrazar: ´De Batichica´, dije y se rió, pero no entendí por qué. Fue mi primer momento de conciencia real. Pensé: ´Mmm, estoy metida en un mundo que no va a comprender mucho mi situación´, tenía como 4 años”. Su “situación” fue que desde entonces se comportó como le provocaba pese a las malas caras: “La primaria en la escuela Juan Antonio Pérez Bonalde fue espantosa; siempre me manifesté abierta y claramente. Por supuesto, la gente se infartaba. En cuarto grado me decomisaron una carta que iba a enviar a un chico que me gustaba. Salieron gritando: ´¡Un psicólogo, auxilio!

La sapiencia del especialista se resumió en recomendarle a la mamá de Rummie que esperara los 18 años “para ver si iba a ser homosexual” y recetarle que le inscribiera en deportes “de hombre” como el kárate: “Eso me causó mucha risa porque para mí era como ir al paraíso con todos esos chicos”. Pero ella no esperó: a los 16 confió a su madre (una costurera que, con perseverancia, logró estudiar y jubilarse como secretaria del Ministerio del Ambiente), que “con todo el dolor de su alma” se olvidara de nietos porque era homosexual. “Le dije eso porque era lo que más se me parecía. Estaban de moda Madonna y Michael Jackson, por ahí en 1984, entonces se sabía muy poco de transexualismo”.

Una mujer con pantalones
Las manos de Rummie son coquetas. Se esconden detrás de su cuello, se abren y se cierran como un abanico, y uno de los dedos índice eventualmente se engancha en la mejilla cuando se queda pensativa. Es la tercera de 4 hijos. “Con mis hermanos fue duro, pero hoy comprendo que no es que no me quisieran, sino su poco conocimiento. Me presionaban, me castigaban porque yo tenía que ser un ´massho´. Me alejé de la gente que me cuadriculaba la vida”. Finalmente la reconciliación con su familia sucedió y ahora su mamá no sólo es instructora de danza como ella, sino también activista por los derechos de la diversidad sexual.

Agradece haber descubierto el deporte y la danza porque pudo canalizar la rabia y la frustración. Así evitó caer en drogas, alcohol o trabajo sexual, al cual no se opone. “Pero no creo que tenga que ser el único medio de subsistencia para las transexuales, transgénero o transformistas. Debería haber igualdad de oportunidades dentro de este proceso socialista entre comillas, pero eso no se ha aplicado en los 9 años que llevamos de revolución”.

Cuando estudiaba en Insbanca la obligaban a vestirse con ropa masculina. Se rebelaba: “Me ponía la corbata como una bufanda y un cinturón anchísimo; los profesores se morían. Sé que por donde paso, aunque no soy la persona más hermosa del mundo, soy el foco de atención. Es mi energía, ese poder femenino con que nací”.

Aunque sabe que causa revuelos, enfatiza que nunca se ha sentido diferente y que jamás ha estado “del otro lado”. Aclara que no es homosexual (un hombre que ama a otro hombre), ni transgénero (una persona considerada “en tránsito” entre lo femenino y masculino, cuyo aspecto y comportamiento suelen ser opuestos a su sexo biológico); pero tampoco, pese a lo que muchos piensan, es transexual (alguien que mediante cirugía cambia sus caracteres sexuales).

“Yo no me he operado, mi amor. No me considero transexual, soy y siempre he tenido la conciencia de que soy mujer. Si a una compañera le eliminan sus senos no deja de ser mujer. De hecho, no creo en el protocolo que llaman ´reasignación de sexo´, en todo caso, sería adecuación”.

Su convicción de género va más allá de lo físico. “Sufría depresiones cuando tenía 20 años. Me daba vergüenza que me vieran desnuda, pero un día frente al espejo me dije: ´Mi amooor, pero tú eres así, y me asumí como ser humano, como la creación de Dios. Y trascendí. Si no, era capaz de suicidarme como hacen muchas; y sí, soy una mujer con pene y punto”.

A partir de ese momento decretó que la persona que estuviese a su lado debía aceptarla tal como es. Con su pareja, un bailarín, lleva 5 años: “Somos almas gemelas. Estamos en ese proceso de transición, de encontrarnos. Una vez estábamos bailando en un show y se nos olvidó el público, entramos en trance. Fue hermoso, así como la Cenicienta bailando con su príncipe”, comenta pícara y se ríe.

Diosa y diva
“Rummie es una diosa africana de la danza”, expone, y numerológicamente da la misma cifra que su nombre de pila, el cual evade pronunciar. “Da el 6. La sacerdotisa, tengo una misión liberadora”. En la adolescencia, su amiga América era “amiga tan amiga” que compartían un novio, y tenía un conocido llamado Ruby. Le gustó el nombre. “Hice todas las combinaciones posibles. Primero, Ruddy, pero ya existía Ruddy Rodríguez. Probé entonces con Rumy, que evolucionó como toda yo hasta ser Rummie”. Fue difícil cuando empezaron las llamadas a la casa donde vivía con su familia en el 23 de Enero. “Aquí no hay nadie con ese nombre´, decían y colgaban.

Con esa identidad empezó a construir su propia historia: campeona de aerobics, cursos en el IND como promotora deportiva y profesora de danza jazz, hasta que quiso independizarse y pidió un crédito. Abrió una academia “chiquitica”. Con otro préstamo se instaló en el bloque 56 de Sierra Maestra, de donde tuvo que irse porque la discriminaron. No se rindió. Consiguió un local donde tumbó hasta las paredes. “Tenía 20 niñas becadas, pero había muchos borrachitos alrededor, gente que tenía mala vida, y digo tenía porque ya se murieron”, pestañea sonriente.

Siguió buscando información, relacionándose. Los fotógrafos Nelson Garrido y Willington Barco se interesaron en su imagen y conoció a “una ángel” llamada Andreína Fuentes de la Fundación Arte Emergente. “Le pregunté si podían financiarme un proyecto de danza comunitaria. Mostré mi trabajo y me dieron el apoyo”. En paralelo, la diosa formalizó su activismo y fundó la asociación civil sin fines de lucro Divas de Venezuela “para la integración social, real y efectiva de las personas diversosexuales, específicamente trans, intersexual e intergénero”. Quiere fortalecer la autoestima de esa población mediante la cultura y el arte, y concienciar al resto, sobre todo en la parroquia Sucre, con volantes y charlas: “La gente es muy irrespetuosa, se burla y te agrede. Hay que educarla. Iniciamos esa vez una campaña: me vestí superfabulosa y busqué al jefe civil. ‘Baje conmigo al bulevar para que vea lo que pasa’. Lo hizo, pero más nunca”.

Recuerda que “pasar por Catia era horrible” pero lo más duro no eran los comentarios que le hacían “sino lo seguido”. Lo más triste fue disfrazarse de chico para sacar su primera cédula, en que salió “con el nombre del llanero solitario”. Por fin lo suelta: “Rigoberto”.
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Fotografía del diario El Mundo.