Comparto este artículo de José Ignacio Lanzagorta García publicado en la revista mexicana Nexos.
***
José Ignacio Lanzagorta García
“Órenle, no sean putos”, “¡No mames, cabrón, puta tu madre!” y miras con envidia cómo todos están a punto de trepar un muro de piedra volcánica. La envidia te corroe: quisieras estar ahí, quisieras que te dijeran “puto” y demostrar cómo en realidad no lo eres. Pero no puedes, porque aunque llegues hasta arriba, tú sí vas a seguir siendo puto. Tú no puedes dejar de ser puto. Los otros sí. Los otros sólo tienen que escalar.
Ellos. Ellos se dicen “puto” todo el tiempo. Es una palabra muy importante para todos los que nacen con pene. Que si no le pegó bien al balón, puto. Que delató al infractor frente a la maestra, puto. Que le dio miedo brincar la barda, puto. A veces parece que se dicen “puto” más que “güey”. Y es que, notas, cada vez que se lo dicen entre ellos son menos putos o por lo menos les da lo mismo. Le vuelven a pegar al balón. Brincan la barda. Se someten a algún ritual de redención tras la traición frente a la maestra o bien le apuestan al olvido. Listo. Ya no son putos… al menos por ese día. Tú sí. Tú siempre serás puto y no hay nada que puedas hacer.