jueves, 3 de julio de 2014

Confesión


Si muriera hoy, diría que fui feliz. Me sentí pleno en muchos momentos de mi vida. Me enamoré, me amaron, me rompieron el corazón, caí, me levanté. Lloré de alegría, de tristeza, de impotencia y de dolor. Luché por lo que creía.

Soñé. Me ilusioné. Leí muchísimo y tuve unos padres maravillosos que hicieron de mi viaje por este planeta una hermosa aventura.

Tuve amigas y amigos únicos, diversos, diferentes, geniales. Nos acompañamos, peleamos, nos reconciliamos, bebimos, cantamos a todo pulmón.

Construí mi muelle, el lugar donde tomaba impulso con mis amigas y amigos, brincábamos y caíamos de chapuzón.

Fui padre, abuelo y bisabuelo de la descendencia de mis perras, perros, gatas y gatos. Ayudé en los partos, les hablé a los bebés cuando todavía estaban en la barriguita, cuando nacieron les puse nombres, dormí y jugué con ellos.

Sentí miedo, ansiedad, terror, celos, nostalgia, incertidumbre. Nunca tuve todas las respuestas.

¿Una palabra que me defina? Plenitud. Me siento pleno.

Siento que fui honesto conmigo mismo e intenté vivir acorde con lo que pensaba.

¿Un color? El amarillo. ¿Un sabor? La mostaza con miel. ¿Una flor? Las margaritas. ¿Un olor? El de mi madre.

Me faltaron tres tatuajes: “Plenitud”, “Aquí y ahora”, “El gocho y la negra”.

Muchas cosas quedan por hacer, probar, comer, muchas historias que leer, muchos rostros que besar, morder, amar, recordar, pero si muriera hoy, diría que fui feliz.