viernes, 24 de julio de 2009

NUESTRA HISTORIA / Violencia en la sala de parto


María Centeno
Texto e ilustración

“En cuanto al cuidado de los enfermos, prescribiré el régimen más apropiado según mi juicio y mi ciencia, y apartaré de ellos todo inconveniente y daño”.
Juramento Hipocrático

El pasado 18 de junio un grupo de mujeres y algunos hombres nos acercamos a la puerta principal del Hospital Clínico Universitario de la UCV para protestar en contra de la violencia obstétrica. ¿Con qué se come eso? preguntaba alguna de las numerosas personas que a aquella hora del mediodía pasaba por esa puerta. ¡Ya no hallan qué inventar! decía otra… pero luego que leían las pancartas y los volantes mucha gente cambiaba la cara, hasta uno de los vigilantes nos dijo que teníamos razón.



Estábamos allí para protestar por la violencia a la que fue sometida Yelimar Barreto, quien presentaba un embarazo gemelar de alto riesgo y a quien se le negó la posibilidad de salvarlos efectuándole una cesárea. Los gemelos venían transversos, es decir, atravesados, y para colmo ya habían perdido gran parte del líquido amniótico.

Es decir, por malapraxis médica, por irresponsabilidad e insensibilidad del personal médico que la atendió, perdió a sus gemelos, además de ser ofendida y maltratada en el servicio de obstetricia de ese hospital.

En general la gente que acude a un servicio médico lo hace en situación de minusvalía, y al malestar o dolor que les lleva allí se suma el maltrato que a veces sufre de esas mismas personas que están allí para curar. No sabemos por qué, pero en este país a los y las estudiantes de medicina se les inculca desde la Facultad un sentido de superioridad, de autosuficiencia, de que son cuasi dioses y que el resto de los mortales debemos aceptar ese dogma. La cofradía médica funciona como un sistema patriarcal donde el médico es un padre padrone cuyas opiniones no son cuestionadas y al mismo tiempo sus miembros se protegen entre sí automáticamente.

Por supuesto hay excepciones, conocemos médicas y médicos entregados, humildes,.. en fin, humanos, que sí respetan ese juramento que estipula ante todo no dañar a sus pacientes.

Nuestra lucha es no sólo por Yelimar, sino por todas las mujeres que no tienen las herramientas que maneja ella, quien es médica veterinaria, y tuvo la valentía para protestar por la violencia a la que fue sometida.

Miles de mujeres son vejadas, humilladas u obligadas a parir de la manera que al personal médico le es más cómodo o más lucrativo. Nos proponemos luchar porque se respeten los derechos consagrados en nuestras leyes, en la Ley por el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en la Norma Oficial para la Salud Sexual y Reproductiva, y en la misma Constitución Nacional.