miércoles, 23 de septiembre de 2015

Mi primera vez en una disco gay


Toqué el timbre, se abrió una rendija pequeña. Me vio, abrió la puerta completa. Me pidieron la cédula, la mostré. Tenía 18 años. “¿Cuánto es?” “Tanto”. Saqué la cartera, pagué. Me revisaron y entré. El sitio era de ensueño; la música, arrechísima; música electrónica toda la noche. Había grandes afiches con imágenes de tipos bellísimos, desnudos, torsos, hombres, todo muy gay. Había espejos, una barra enorme y en otra sala la pista de baile. Cornetas en las cuatro paredes, luces arriba que acompañaban con sincronía el ritmo, más espejos.

Me acerqué a la barra y pedí un tequila. Tenía mucho frío porque había esperado en la Plaza Altamira desde las 9 de la noche hasta medianoche. Era diciembre y hacía frío en Caracas, así que pedí un tequila y al ratico el frío se me fue.

Vi los rostros de la gente. No podía creer que todos ellos, algunos sexys, bellos, varoniles, masculinos, pudieran ser gay… pero lo eran.

Me fui a la pista de baile y algunos voltearon como diciendo “Carne fresca”. Burda de desagradable esa sensación. Viejos verdes. Cerré mis ojos y comencé a bailar. La música era riquísima. Era Tiffany, un icono de la movida gay caraqueña desde los años 80. Toda una institución. Cerró después del paro petrolero de 2002.

Los sitios de ambiente tienen fama de poner música muy arrecha y Tiffanys era un excelente ejemplo. El lugar, la decoración, la música, todo era bellísimo.

Recuerdo el olor cuando estaba entrando, Tiffanys estaba metida como en un sótano y olía a humedad. Tenía un olor característico. Olía a Tiffanys. Se sentía el aire acondicionado frío, al menos en la entrada. Las paredes y el piso estaban forrados con una alfombra, los espejos, la gente hablando, besándose. Todos tipos, todos gays.

¡Dios! Todavía recuerdo el olor y lo que sentí cuando estaba entrando, después que me revisaron y bajé los primeros escalones.