sábado, 26 de septiembre de 2015

Willy, el tímido


Mis padres son unos lectores voraces, y además “tira-piedra ñangarosos”. Mi madre además es bibliotecaria. Por eso mi casa está llena de libros, muchos libros, en todos los cuartos, en la sala, libros de izquierda, poesía, de política, de periodismo, de historia.

Cuando yo era pequeño, me iba a la biblioteca donde trabajaba mi mamá y me acostaba en la alfombra de la sala infantil. Ahí dormía como una hora y media, y después comenzaba a leer. Fue así como me hice fanático de los libros para niños.



Cuando leí Mafalda, el tomo grande, estuve riéndome solo como cuatro horas mientras lo leía en la sala infantil. La gente me veía como si estuviera medio loco, y yo estortilla’o de la risa.

Así descubrí las aventuras de Sapo, Sapo enamorado, Sapo y el extranjero, Sapo y el invierno. Así me enamoré de los libros de Ekaré y su serie Ponte poronte, Un diente se mueve, El rey es mocho, Rosaura en bicicleta, y otros cuentos como La ratoncita presumida, Doña piñones, Noche de estrellas, El canto de las ballenas, Margarita, y uno de mis cuentos favoritos La Calle es libre.

En fin, me convertí en un lector desde muy chiquito.

Cuando comenzaba a pisar la adolescencia descubrí los cuentos de Anthony Brown, un ilustrador y escritor, que le encanta dibujar simios. Me flecharon sus ilustraciones. Estaban cargadas de detalles, era como para verlo muchas veces.

De él hubo una historia que me atrapó, un personaje con el que me sentí identificado “Willy, el tímido”. Willy era un monito, pequeño y flaquito, que era muy tímido. Si se tropezaba con un poste, le pedía disculpa. Un día Willy ve un aviso en la prensa que le dice “NO SEAS UN DEBILUCHO”. Willy compró la enciclopedia para hacer ejercicios, comenzó a ir al gimnasio, a trotar, a hacer aerobics, boxeo y a comer muchos, pero muchos cambures.

Poco a poco su cuerpo fue cambiando hasta que Willy se convirtió en un mono grande y bello.

Un día ayudó a una monita que estaban molestando los grandulones de su cuadra y ella le dijo que era su héroe. Willy se sentía orgullosísimo, iba caminando con el pecho inflado, sin ver al frente y ¡PLUF! Se golpeó con el poste. Acto seguido, le pidió disculpa.

Ese soy yo. Un monito, que sin importar cuan grande sea, cuánto ejercicio haga o cuán atractivo me perciba la gente, siempre me voy a sentir por dentro como Willy, un monito pequeño y tímido.