martes, 6 de diciembre de 2011

Dos relatos cortos de José Francisco MIchelli

Hoy les quiero dejar dos relatos cortos del periodista y escritor venezolano José Francisco MIchelli. Los dos cuentos te dejan con ganas de seguir leyendo. Espero que los disfruten tanto como yo. Si tienen algún texto, poema o relato lo pueden enviar y con gusto lo publico.

Saliva
José Francisco Michelli

Su aliento en el espejo del ascensor fue el único rastro de lo ocurrido diecisiete pisos hacia arriba.
- Esto no va a funcionar así -me dijo Manuel. Vamos a dejarlo en vernos, cogernos y ya. Para qué darle largas. Sin pretensiones, de verdad.
Manuel prendió un cigarrillo cuando terminó su discurso. Buscó las llaves. Abrió la puerta y actuó con la mecánica manía de las telefonistas digitales: "para operaciones de tarjeta de débito y crédito, presione 1. Para conformación de cheques, presione 2”.
- ¿Qué te pasa? -me preguntó con una mueca de indignación y fastidio.
- Me voy. Te llamo después -le dije, guardándome el güebo lleno de saliva caliente en el boxer, oprimiendo la erección.
- ¿Qué te pasa? -insistió. Tómalo como un juego. Diviértete.
Le pedí agua y salí. Ya no quedaba rastro de su aliento en el espejo del ascensor.
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Tela y piel
José Francisco Michelli
– Disculpa pana, no pueden seguir haciendo eso o tendrán que salir del local. –Esteban intentó calma, pero sudaba rabia.
– Hacer qué. Sólo estamos bailando. –Francisco se hacía el desentendido.
– Es que están atentando contra la moral. –Cara de cura de Esteban.
– Oquei, tranqui. Bailaremos separados. –Francisco habló y no esperó respuesta. Miró a otro lugar.
La franela negra de Esteban era una segunda piel con una inscripción en el pecho en letras blancas: SEGURIDAD. La E y la A despuntaban por el relieve de las tetillas tantas veces lamidas por Estela, su novia. Alguna vez su excompañero de trabajo Elián pasó su lengua debajo de la E y la A. Fue una mañana de marigüana en el baño, episodio azul o tornasol de mucha carne iluminada, entre telarañas y calabazas de la fiesta jalogüin.
Esteban miraba desde su atalaya improvisada, donde minutos antes tocó la banda “Kivi” alguna versión de los “Doors”, quizás “Light my fire”, con alaridos andróginos del vocalista y un movimiento de caderas que rompía el aire y terminaba en la mirada excitada de tipas y algunos tipos.
La semipenumbra del lugar permitía distinguir de lejos un juego amoroso entre dos hombres. Un boca a boca trancao’, una caricia en la cara para disipar dudas.
–Te felicito pana, qué depinga que tripeen aquí–. Una de tantas frases que escuchó Félix durante la noche-madrugada. Era la gente del lugar: universitarios que celebraban, rockeros y rockeras de siempre, chicos y chicas alternativos (as), primerizos y primerizas del lugar, sumemos niños y niñas bien.
Había gente que iba del ambiente tecno al pop-rockero esperando quedar atrapada por la masa de cantantes y bailarines improvisados. Como Néstor, que a veces quedaba tímidamente entre dos cuerpos que lo oprimían. Alguno detrás que le asomaba furia a través de la ropa y le hincaba centimetraje, proporción. Néstor se aquietaba, deseaba un empujón que le permitiera sentir un poco más.
Iván, en la espalda de Néstor, esperaba que su encuentro se agachara a recoger algo, que distendiera pliegues y expandiera sus redondas y bien formadas nalgas para cavar más hondo. Tela y piel tragado por piel y tela.
Esteban bajó de su escenario-atalaya. Rozó sus hombros con los de Iván. Puso su mano en el pecho de Néstor para poder pasar. En realidad, abalanzó el cuerpo de Néstor, sus nalgas, contra la pelvis de Iván, su güebo. Luego de juntarlos, avanzó a paso firme entre la multitud.
Félix volvió del baño, donde vio líneas de coca en el largo lavamanos. Dos o tres tipos desdibujados después de cada pase. Figuras de la noche –pensó Félix.
Frente a la barra, donde siempre estuvieron, Francisco pellizcó la quijada de Félix. Lo acercó con los dedos y le dio otro beso de poster. Esteban apareció de entre la multitud y les pidió que se fueran del lugar.
Un por qué, dos por qués.
Varios puños cruzaron el denso aire del “Moulin”. Puro humo que acompañaba lentamente el confuso ir y venir de coñazos.