domingo, 8 de junio de 2014

Llanto


Enero 2007

Él ya no lloraba. Ya no lloraba. Después de llorar por mucho tiempo, una mañana, molesto e impotente, decidió no llorar más, por las ganas enormes de llorar dejaría de hacerlo. Se iba a alimentar de ese llanto, de ese dolor, para dejar de hacerlo. Y lo logró.

Bueno, en parte. De día en su trabajo, durante sus clases, cuando se reunía con sus amigos, estaba bien.

Pero de noche, mientras dormía, no tenía la misma suerte en su empresa. Lloraba en sueños, lloraba con tanto o más dolor que cuando estaba despierto, lloraba desde el fondo de su sueño, lloraba, gritaba, lloraba en sollozos, entrecortado, a raudales.

Lloraba como un niño, como una mujer frente al cadáver de su hijo, como alguien a quien le rompieron el corazón, como el que se siente miserablemente solo en esta puta ciudad paradójicamente llena de personas.

Al despertar siempre se sentía más aliviado, liberado, pero no recordaba lo que había soñado. Hasta que una mañana al mirarse en el espejo vio su rostro bañado de lágrimas.

Ese día no fue al trabajo. Se quedó en casa a llorar, a sacar todo el dolor y la tristeza, que solo había sacado en sueños. Después de llorar durante todo el día, se calmó, respiró y se vio al espejo. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Él lo supo. Ya lo había superado.