viernes, 3 de mayo de 2013

Las voces de la intolerancia


El Frente Amplio de Uruguay dio un paso histórico hace unas semanas al reconocer los derechos de las parejas formadas por el mismo sexo.

Como en toda sociedad democrática hubo voces a favor y en contra. Seguramente en la historia hubo grupos que se opusieron a que las mujeres ejercieran el derecho al voto, o que los negros no fuesen discriminados. El matrimonio igualitario no iba a ser la excepción.

Afortunadamente cada día hay menos intolerantes y este tipo de voces sólo quedan como testimonio de la intolerancia y la homofobia de una época pasada. En medio siglo nadie se preguntará si las mujeres podían votar, si los negros e indígenas eran personas o si los homosexuales y lesbianas eran capaces de formar familias y criar hijos e hijas.

Pero como una muestra de las voces que serán barridas por la historia quiero compartir este editorial del diario uruguayo El Observador titulado “El matrimonio que no es”.

Estos son algunos de los argumentos que tendremos que escuchar mientras sigue avanzando el reconocimiento de nuestros derechos en el continente latinoamericano y caribeño.

El matrimonio que no es

© M.CERCHIARI

El Parlamento uruguayo consumó el miércoles un disparate jurídico, una imposibilidad biológica y una agresión a la vida social ordenada. Al formalizar por ley como matrimonio las uniones de personas de igual sexo, los senadores y diputados del Frente Amplio y los de partidos opositores que acompañaron la iniciativa mostraron debilidades que van desde convicciones erradas a ligerezas de criterio o mera ignorancia. Es indiscutible la diferencia legal entre matrimonio y unión homosexual, establecida desde que existen registros de las primeras civilizaciones. La condición matrimonial inamovible ha sido siempre y sigue siendo la unión de un hombre y una mujer. Aun en sociedades polígamas siempre ha existido su fundamental carácter heterosexual. Ni siquiera en la antigua Creta, donde la homosexualidad era fomentada como parte de la educación juvenil, o en su abierta práctica en la civilización grecorromana, se llegó a equiparar legalmente uniones de ese tipo con el matrimonio.

Por otra parte, el matrimonio no es solo una unión afectiva. Como su nombre lo indica, conlleva ineludiblemente la capacidad de tener hijos. Es obvio que ninguna pareja homosexual puede hacerlo. Una mujer lesbiana puede concebir pero solo mediante fertilización masculina y no de su pareja, lo que desnaturaliza el concepto de matrimonio. Como correctivo funesto de este candado biológico, la nueva ley formaliza también la adopción de niños por parejas homosexuales. Cuando la unión afectiva entre dos hombres o dos mujeres es profunda y duradera, nada impide que ese cariño se vuelque y transmita a uno o más niños adoptados. Pero la adopción no es un derecho de los matrimonios, hetero u homosexuales, sino un derecho de los niños, que en esta ley no parece tomarse demasiado en cuenta.

Tanto la legalización del llamado “matrimonio igualitario” como su habilitación para adoptar niños es un nuevo ataque a la familia, que constituye la célula esencial de la sociedad. Gran parte de la población uruguaya ni es mojigata ni se aferra a conceptos de extrema rigidez moral. Las parejas de igual sexo han dejado de ser motivo de escarnio o escándalo, como ocurría en un pasado no muy lejano. Y es totalmente justo y correcto que hayan dado pasos contra la discriminación de que eran objeto. En ese sentido, además de ser socialmente aceptadas, desde hace años nuestro sistema jurídico les ha reconocido derechos legales en línea con los de las parejas heterosexuales, lo que incluso convierte la insistencia en llamarlas “matrimonio” en un superfluo empecinamiento frívolo.

Lo resuelto por el Parlamento ha traspuesto una frontera marcada por la naturaleza, la historia y el sentido común. La ley de “matrimonio igualitario”, que incorpora a Uruguay a un grupo de otros 11 países que han seguido igual camino entre las 200 naciones del planeta, acentúa la disgregación social que se viene registrando en los últimos años. Precedieron a esta ley la ficción sostenida por dirigentes del Frente Amplio de que existen diferentes modelos de familia, la legalización del aborto y el intento, frenado por ahora, de seguir igual curso con la producción y consumo de marihuana. Con la ley de “matrimonio igualitario”, que además por su mala redacción generará problemas civiles y sucesorios, en poco y nada se favorece a la sociedad uruguaya. Por el contrario, puede tener consecuencias nocivas, de las que el paso del tiempo dará cuenta.