domingo, 24 de enero de 2016

Calorcito


2005

Cuando era pequeño yo era muy friolento. Mi madre también. Mi papá es de los andes, así que él no sufría de esos males, pero mi madre y yo nos despertábamos arropados hasta el cuello, y los domingos nos agarraban las diez de la mañana acostados.

En esa época, cuando yo tenía mucho frío y la cobija no funcionaba muy bien, yo me iba a la cama de mis papás y me acostaba entre ellos y le decía “mamá, hazme calorcito”, eso era que se acostara cerquita de mí para sentir su calorcito. Mi mamá es gordita así que era genial. En seguida se me iba el frío.

En la adolescencia dejé de hacer eso, pero después en la universidad lo retomé. Me iba al cuarto de mis padres en las mañanas y me acurrucaba entre ellos. Claro, un tarajallo de 1 metro 80 no cabía estirado, así me ponía a la altura de sus piernas, acurrucado. Mis padres veían su programa de las mañanas, a las 6:30 am, y yo los acompañaba de vez en cuando, y hablábamos del programa, del invitado, de nuestro día, de lo que íbamos a hacer. En fin, era muy rico.

Todavía hay mañanas que me provoca hacer eso. Ya me gradué en la universidad. Pero cuando estoy medio tristón, me llevo mi almohada y mi sábana, y me voy al cuarto de mis padres. Me acuesto entre las piernas de los dos y estoy un rato ahí, con ellos, durmiendo calientito, acompañado y sé que todo va a salir bien.