martes, 31 de diciembre de 2013

El gigante


1
Los últimos años de mi mamá en la administración pública le tocó trabajar en la sede central de Biblioteca Nacional, al lado del Panteón.

El cambio fue muy duro. Subir y bajar todos los días la dejaba molida. Le tocó hacer rehabilitación con los médicos cubanos por varios meses.

En esa época decidí comprarme el carro. De esa forma  la podía llevar y traer al trabajo todos los días. Llegué a pensar que no sobreviviría esos 3 años que le quedaban para jubilarse.



2
Ella salía a las 7 de la noche de la Hemeroteca. La recogía y nos íbamos por la Cota Mil rumbo a Guatire. Con frecuencia nos agarraba la cola desde Altamira hasta la salida a la autopista Caracas - Guarenas.

Lo que hacía nuestra cola soportable eran los actos del presidente Chávez. A veces eran cadenas, otras veces eran actos transmitidos por los medios públicos.

Si nuestro presidente comenzaba un acto, estábamos felices. No importaba si era una firma de convenios con los chinos, la apertura de una fábrica en la frontera o un consejo de ministros. Si el presidente hablaba, siempre iba a ser un regreso agradable a casa.

3
En muchas oportunidades, él comenzaba el acto a las 7 de la noche y a golpe de 9 ya estaba terminando. A esa hora nosotros íbamos llegando a casa. Mi papá estaba viendo VTV y nos decía que el presidente había hecho unos anuncios. Mi madre, feliz, le decía que lo veníamos escuchando por la radio.

Nuestro presidente tenía la capacidad de hablar por horas y permanentemente dar información. Alternaba un tubazo con una anécdota de su vida, ilustraba un ejemplo con un cuento de su infancia, hacía confidencias, cantaba, se reía y nos hacía reír.

4
Aprendí muchísimo escuchando y viendo a Chávez. Mucho, mucho. De mi país, de las riquezas y potencialidades que tenemos, de América Latina, de la Patria Grande, la integración, de la vida en la cuarta república, del “acta mata voto”, de los abusos de los adecos y copeyanos, de la represión contra el pueblo, las masacres como Cantaura... tantas cosas.

5
Algunos compañeros opositores me preguntaban cómo unas personas “tan leídas y formadas” como mi familia y yo, podíamos seguir a Chávez. Este comentario revelaba su prejuicio hacia el pueblo bolivariano. Algo así como “Ellos siguen a Chávez porque son brutos y no han estudiado, ¿pero ustedes?”

Este comentario además desnudaba su profundo desprecio a las clases populares. Lo triste del asunto es que he escuchado ese argumento de gente que vive en sectores populares y viene del barrio como nosotros.

6
Aunque nunca se los dije, hay una contrapregunta ¿Cómo alguien tan inteligente como tú, cree en todo lo que dice la prensa y los canales opositores? ¿y sobre todo sigue a gente tan desprestigiada políticamente como Ramos Allup, Martha Colomina, Enrique Mendoza, Nelson Bocaranda, Capriles Radonsky? ¿Con AD se vivía mejor, en serio?

Claro, esta pregunta solo aplica a algunas y algunos de mis conocidas/os opositoras/es. La mayoría prefiere quedarse en el chisme, en el rumor, en la declaración descontextualizada del Presidente, en la crítica racista por negro y bembón; en la homofobia evidente al sugerir que Chávez era la mujer de Fidel o Evo la de Chávez; en el comentario mezquino y xenófobo de que estamos regalándole el petróleo a los pueblos caribeños. Por supuesto, estaba bien cuando se lo subsidiábamos a los gringos, pero si lo hacemos con los caribeños... hay que armar peo.

Ellos no entendieron a Chávez. Se quedaron en la epidermis, en lo superficial... un llanero según ellos “mal hablado, bocón, feo, sin sentido del ridículo, que manchaba la dignidad del cargo presidencial”.

7
En casa extrañamos profundamente escuchar y ver a nuestro presidente eterno. Con los días se siente más su ausencia. Cuando veo algo mal hecho, pienso que si el presidente estuviera vivo sería el primero en protestar.

No hay tiempo para bajar la guardia. Ahora estamos en campaña para que el proyecto continúe pero nos ha pegado muchísimo la nostalgia.

Afortunadamente hay miles de horas grabadas con las  palabras del comandante. Más allá de la tristeza, me siento afortunado de haber conocido al presidente, haberlo escuchado y entendido, haber luchado por sus causas que ahora son las mías.

Hemos conocido a un gigante. Gracias por tantas cosas, presidente.

Algunos diarios europeos llegaron a titular que había muerto “el Cristo de los pobres de América”, “El Bolívar del siglo XXI”. Quizás es muy pronto para calibrar la dimensión histórica del presidente, pero algo me dice que su prestigio seguirá creciendo a lo largo de los próximos cien años.