martes, 2 de abril de 2013

El ladrón marico


Hace unos días me llamaron del trabajo anterior para avisarme que el cheque de mi caja de ahorro ya estaba listo. Tenía que ir a buscarlo a la sede del Banco de Venezuela que está en la Hoyada. Creo que es la sede principal.

Además tenía que inscribirme en el postgrado. Si depositaba el cheque en mi cuenta de ahorro, tenía que esperar tres días hábiles porque son de bancos diferentes, y la prórroga de la inscripción estaba por vencerse. Así que tuve la brillante idea de cobrar el cheque, unos cuantos millones, y llevar ese dinero encima hasta la sede más cercana del otro banco que estaba a una cuadra de distancia.

Llego al banco, tomo mi número, me llaman rápido. Llego a la taquilla y le pregunto al muchacho si ahí yo podía cobrar un cheque por ese monto. Me dijo que sí, pero que tenía que esperar 15 minutos.

Enseguida comencé a armarme la telenovela.


¿Y si el tipo está avisándole del cheque a sus amigos afuera del banco? “Miren, hay un pendejo vestido de esta forma que va a salir con tanto dinero en efectivo”. El tipo comenzó a hablar con el cajero de al lado. Y yo maquinando toda la historia. “Estos dos forman parte de la misma banda, se dividen las ganancias con los atracadores, tanto por ciento para cada uno”.

Ojala no vaya a estar armado, porque a mí me dan terror las armas. Yo le entregaría todo el dinero sin necesidad de que me apunten con una pistola, pero eso sí, si me roban sabiendo la cifra exacta y dónde lo tenía guardado, regreso al banco y pongo la denuncia. Y acuso al cajero de formar parte de una red de atracadores.

En eso un tipo demasiado sexy entra al banco, me lo buceo completico, yo estaba esperando sentado en los asientos al frente. El tipo estaba muy sexy, esa era la palabra, macho y sexy ggggggggggggrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. 
 

Él llega a la taquilla que me atendió, comienza a conversar con el cajero, el chamo se voltea, disimuladamente me ve, yo lo veo, y me dije “El tipo es el ladrón”. Sospechando que era un ladrón, pero reconociendo que estaba demasiado bello, me dije que fácilmente me hubiese dejado seducir por un tipo como ese. “A lo mejor se sienta a mi lado, a pesar de que casi todo el banco está vacío, pues me haré el que no se dio cuenta, le seguiré el juego, sólo para poder bucearme al tipo, y si hay chance de meterle mano, no me molesto”.

Cuando el tipo termina de hablar con el cajero, le da la mano por encima del vidrio de la taquilla... ¡¡¡!!! Nadie se despide así de un cajero, menos un cliente común y corriente. El tipo bello y sexy se fue caminando, yo lo vi, esperando que él me regresara la mirada... pero nada! Ni una piche miradita me echó.

El de la taquilla termina de contar y me llama. Me entregó el monto en billetes de 50 mil. El paquete no era tan grande. Además, yo de previsivo, no tenía nada donde meter el dinero, nada, ni un bolso, ni una carpeta, ni un sobre, nada de nada... por eso compré antes de entrar al banco el diario El Mundo, para usarlo como sobre.

Toda una telenovela

Cuento el dinero y meto la “paca” de billetes dentro del diario doblado. Mientras esperaba pensé en quitarme la chemise antes de salir del banco y quedarme en camiseta, eso, para despistar a los ladrones “¿El muchacho de la chemise azul? ¿Cuál? No lo veo” y yo les paso al lado en camiseta. Jijijijiji

Pero cuando en la historia entró el tipo bello y sexy, me dije: “Primero muerta a que este tipo me vaya a robar y yo con esta facha de marimalandra de camiseta en el centro de Caracas”. Así que deseché la idea de quitarme la chemisse.

Antes de cruzar la puerta de vidrio y fuera del campo visual del cajero, saqué la faja de billetes y me la metí en el pantalón, por el frente, pero no dentro del interior. Di tres pasos y comenzó a rodarse la vaina para abajo, y previendo que se fuesen a caer, me levanté la chemisse, saqué la paca, me abrí el interior y metí esa vaina allí.

Tal cual, me metí el dineral en las bolas. Pensé, si alguien quiere robarme, me lo tendrá que sacar de las bolas. Y se va a ver feo que un carajo me quiera jorungar las bolas en pleno centro de Caracas.

Mi plan era perfecto. 
 

Salí del banco, comencé a caminar. Alguien iba detrás de mí. Lo veía de reojo. No quería voltear para no ponerlo sobreaviso. Caminé más rápido. En eso crucé la calle, había tráfico. Ya casi estoy llegando a la otra sucursal, acelero más la caminata y en la esquina comienzo a ver la entrada del otro banco.

Justo en ese momento una muchacha va saliendo del banco. Era la oportunidad ideal para llegar. Me volteo para burlarme de mi asaltante frustrado y...

...nada. No había nadie. Nadie me siguió. Ni el tipo buenote, ni uno feo, nada de nada. La faja de billetes estaba literalmente entre mis bolas, y mis ganas de vivir un día diferente, intenso, con acción, romance, sexo... no pasó.

Se esfumaron mis fantasías con el ladrón sexy, que intentaba sacarme la plata de mis interiores, un policía nos veía el forcejeo, gritaba alto y en eso, el chico sexy me metía en un vehículo que aparecía a toda velocidad por la acera. Escapábamos de la persecución de las patrullas, y terminábamos pasando la noche los cuatro en un hotel de mala muerte en el interior del país. Estaríamos el ladrón sexy, su ayudante gordinflón, el chofer viejo y yo.

Conseguiríamos dos habitaciones pero con camas matrimoniales únicamente. El gordinflón y el viejo se quedarían en una habitación, y mi ladrón sexy y yo en la otra. Ya en el cuarto, lo vería desvestirse para meterse en el baño, yo me bañaría luego. Habría una tensión en el ambiente. Evitamos mirarnos a los ojos, pero en un punto comenzamos a hablar de otras cosas. Nos reímos, vemos la tele. Nos acostamos, sin ningún tipo de contacto. Nos arropamos. Apagamos la luz... y de pronto en la oscuridad, mi mano se acerca a su brazo, él responde, comenzamos a acariciarnos, y en cuestión de segundos estoy teniendo el mejor polvo de mi vida, con un tipo que ni siquiera le he inventado un nombre...

(suspiros)

(suspiros)

(suspiros)

En fin.

Pero eso no pasó. Lo que pasó fue que voy llegando a la entrada del banco mientras estaba saliendo la muchacha y en eso la caraja me dice “Disculpa, ya está cerrado, trabajamos hasta las 3:30 pm”.

Faltaban 10 minutos para las 4, así que tuve que dar media vuelta y regresar a mi trabajo actual con una paca de billetes entre mis bolas y preguntándome, como Ligia Elena, “Ay Señor, ¿y mi trompetista cuándo llegará?”