viernes, 5 de diciembre de 2008

LETRAS / La dirección. José Francisco Michelli

Siempre me inquietó la palabra frontera, pero cuando vi mi muerte desde ninguna parte fue que la entendí. De niño me gustaron los niños y de grande también, por eso cuando esas seis manos adolescentes me escoñetaron, descifré la ambigüedad de los querubines, figuras que nunca me gustaron. Aunque Dios esté en todas partes.

Paréntesis: de los treinta dedos, solo cinco empuñaron el cuchillo de mi cocina. Y fue por invitación que llegaron a mi casa.

Mientras entraba y salía, una, dos, treinta y ocho veces, hasta allí alcancé a contar, pensé en mi cuerpo como en la frontera fácil. Al entrar no dolía, la salida siempre fue el mayor sufrimiento. Y bueno, la primera vez que lo vi, le pedí una dirección que yo conocía.

Mis gritos: decibeles no audibles para mis vecinos, algunos con perro, otros no. Cuatro apartamentos por piso, pero las normas de la Junta de Condominio, que yo también respeté, expresan que los saludos o cualquier tipo de comunicación debe restringirse al ascensor, las reuniones y los encuentros en las puertas. Lo demás, que cada quien lo resuelva en su casa. Para eso existen las fronteras.

A mi mamá se le ocurrió llamarme Sócrates por asuntos de filosofía. Yo hubiera preferido una sola puñalada y la muerte. ¿Para qué tantas vueltas?