domingo, 13 de julio de 2014

Ducha


Abro el grifo y una nube espesa de vapor llena el espacio de la ducha. Espero que el agua se ponga más tibia y me meto, de sopetón. La siento correr en la espalda, caliente, detrás del cuello y me relajo.

Cierro los ojos y me olvido del mundo, del trabajo, de la hora. ¿Faltará mucho para que nos saquen del hotel? Debajo de la regadera no me importa.



Sebastián entra a la ducha. Pensé que no te gustaba bañarte acompañado, le digo. Es cierto, me responde, pero igual entra y nos bañamos juntos. No le gusta el agua tan caliente. A mí tampoco me gustaba, hasta que salí con Ricardo. Él adoraba el agua hirviendo. Desde esa época me quedó la costumbre.

Afuera de la ducha José pregunta cualquier cosa, para distraer la mente y relajar su vejiga. Cuéntame ¿qué hiciste hoy?, y yo le respondo, para llenar el espacio. Se oye un chorro grueso y potente que cae en la poceta. Cuando comenzamos a salir, él no podía orinar si había alguien en el baño.

Baja la poceta. Abre la puerta de la ducha y entra como los niños traviesos cuando van a hacer una picardía. ¿Qué haces aquí? ¿Estamos a tiempo con la habitación?

No sé, pero quería bañarme, me responde. Tantea el agua y abre más el grifo caliente. No está como a mí me gusta, me dice. En pocos segundos, la pequeña ducha se convierte en un sauna improvisado. Yo me alejo, el agua tan caliente me incomoda.

Además hace tiempo que Ricardo y yo hemos dejado de bañarnos juntos. La relación no está bien. Estoy cansado de tanto desamor ¿Por qué tolero tanto maltrato? Salgo de la regadera y me siento en la poceta a llorar.

Me seco las lágrimas y en eso se abre la puerta, no de la ducha sino del baño. Entra Carlos. Me ve, sonríe y se lava la cara en el lavamanos. Me abraza y me dice “pollito”. Me raspa con su barba. Me encanta el suave olor a nicotina de su piel.

Afuera nuestra amiga enciende el equipo de música para decirnos que nos apuremos, ya va tarde y Carlos y yo nos estamos tardando. Sólo íbamos a bañarnos, pero el agua, el jabón, la piel… No traje el lubricante, le digo. No importa, usa acondicionador, me responde con una seguridad a prueba de fuego.

Acabamos felices. Salgo mojado de la ducha. Me da una toalla y me pide que lo abrace. Gato, te quiero, me dice, mientras lo abrazo. Yo también, flaco. Javier dice que me seque la espalda para que no recaiga con la gripe. Me seco.

Salgo del baño y lo veo acostado en la cama. Él, ruborizado, se tapa los ojos. Cúbrete, me dice, me da pena. Yo, desconcertado, pienso que está bromeando, pero de verdad se puso rojo. Al catire le da pena estar desnudo frente a otro hombre.

El catire es pudoroso. Le digo que no hay motivos para sentir vergüenza. Poco a poco se va acostumbrando hasta que accede a dormir conmigo sin interiores. Es bello.

En la mañana me levanto después de haber tirado toda la noche. Estoy agotado, estamos. José tira demasiado rico. Veo la hora, ya se me hizo tarde para el trabajo. Entro a la ducha sin despertarlo, a los pocos minutos siento que entra al baño.

El corazón se me quiere salir del pecho. Las ganas que tengo de estar con él, de bañarme, finalmente accedió, mi vecino accedió. Abre la puerta de la ducha y me ve, erecto, nervioso, pero con más ganas que miedo.

Entra, se baña, pero no deja que lo toque, ni que lo bese, o lo enjabone. Él no es “gay”, según él. A él le gustan las mujeres y eso de besarse es de maricones. Me dice que le haga sexo oral, así que lo hago. Se ve más delgado cuando está desnudo, pienso mientras lo veo en el baño.

Se voltea y abre sus piernas, el moreno quiere que le haga el beso negro. Comienzo a hacerlo sin saber que es tan rico y al ratico, mi guevo está duro y prensado. Lo único que quiero es metérselo y lo hago. Es la primera vez que penetro a un tipo.

Cuando terminamos, él sale primero. Yo quiero quedarme un rato más en la ducha. Abro la llave caliente y comienzo a sentirla en mi espalda. De nuevo la nube de vapor, cierro los ojos y meto mi cabeza debajo del chorro.

Me relajo, me estiro. Cierro los ojos y pienso en todos los tipos con los que he compartido ducha. Cada uno diferente, y yo, cuánto he cambiado. Cuánto hemos cambiado.

Soy yo, el de siempre, debajo de la regadera, con los ojos cerrados, y el agua cayendo en el cuello, en la nuca, sobre la cabeza.