domingo, 28 de julio de 2013

En Venezuela las mujeres se siguen inyectando biopolímeros a pesar de la prohibición de las autoridades

La nota me la comentó mi amiga Vanesa. Su hermano está estudiando medicina integral comunitaria y le leyó este reportaje publicado en el diario Últimas Noticias.

En Venezuela prohibieron el uso de biopolímeros de cualquier tipo. La decisión del gobierno se dio después de la muerte de varias mujeres que se habían colocado esta sustancia.

A pesar de la prohibición, hay gente que sigue inyectando estas sustancias. Acá el testimonio de una periodista que hizo un trabajoencubierto en Caracas.
En Catia inyectan y sellan con pega y teipe
Airam Fernández

En el piso 3 del edificio Metropol, en pleno bulevar de Catia, la reja blanca está cerrada, pero una mujer cercana a los 50 años con lentes de contacto verdes y pollina postiza se asoma por las rendijas y atiende: "¿Sí, a la orden?"

-Buenas, ¿aquí es que ponen las inyecciones de los pompis?

-Eso está prohibido, ¿sabía? Pero espérese un momentico, que ya la va a atender el doctor.

Abre la puerta. Arnoldo es el "doctor". Habla por teléfono, sentado frente a su escritorio. Las paredes están adornadas por cuadros de mujeres con cuerpos esculturales. El sitio no mide más de ocho metros cuadrados, tiene un cuarto con una camilla y una silla como las que usan para extraer sangre. La sala de laboratorio es la fachada. Al lado hay otra habitación. Y antes de seguir detallando, Arnoldo tranca.

-Mucho gusto, ¿qué me la trae por aquí?

-Me contaron que usted pone las inyecciones en el pompis...

-¿Quién la refirió? -interrumpe.

-Una vieja paciente suya.

-Mire, sígame por aquí que yo le explico todo.

Hay que caminar por un pasillo corto, pasar frente a un baño con la puerta abierta -que no huele precisamente a desinfectante floral- para llegar al tercer cuartico, al verdadero consultorio. Una camilla de semicuero negro, una silla de madera, un equipo de sonido con grandes cornetas polvorientas en las que suena Traffic Center y un escritorio en el que reposan una caja de "quemaditos", frascos vacíos e inyectadoras sueltas.

Arnoldo no es médico; "pero me gusta que me digan doctor", porque ha hecho "algunos cursos". Se sienta en la camilla y antes de hablar de precios, intenta ser claro: "Lo que yo inyecto son biopolímeros, y como ya sabrás, esto es peligroso. El líquido te puede migrar a cualquier parte del cuerpo; puedes sentir dolores. No puedes llevar sol en la playa porque las nalgas se te van a manchar; no puedes hacer ejercicios que toquen la parte de los glúteos; pero lo más común es que te dé alguna infección, aunque eso no es mal de morirse porque con antibióticos e inyecciones de esteroides eso se quita rápido".

Después explica el procedimiento. Dibuja nalgas en el aire, hace unas seis pequeñas marcas en cada glúteo imaginario para ilustrar por dónde pinchará. Cuenta que luego coloca la anestesia local "al 1%", pasa un yelco calibre 14 y empieza a inyectar el biopolímero, que viene en un pote plástico similar al de suero. Se tarda más o menos 45 minutos, y cuando está todo distribuido viene el último paso: sellar cada punto con un poco de pega de uñas y encima un teipe.

Sigue en la evaluación. Hay que bajarse los pantalones, acostarse en la camilla y dejar que Arnoldo determine la cantidad de relleno. "Tú vas bien con 1.000 cc. Te pongo 500 cc primero, luego esperamos un mes para ponerte el resto si tú quieres. Por eso te cobraría Bs 15 mil. Si con la primera dosis te sientes cómoda, pues te quedas así. Si quieres más, te hago un precio especial y me pagas solo Bs 5 mil adicionales. En total serían Bs 20 mil".

Ese jueves 20 de junio, Arnoldo se queda esperando una llamada con una confirmación para darle play al proceso y encargar el material. Aclara que, según sus proveedores, lo traen de España y lo envasan en Venezuela. Antes de despedirse, hace una advertencia: "Esto en grado 33, ¿estamos?".
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Últimas Noticias tiene un especial en su página web sobre los biopolímeros.