domingo, 6 de noviembre de 2016

El tipo “perfecto”


mi proceso I
 
Desde pequeño yo era lo que podría considerarse un niño “ejemplar”. Cuando acompañaba a mis padres a visitar a alguno de sus amigos, yo me sentaba en cualquier lado y duraba horas pintando, en silencio. No molestaba, ni lloraba, ni interrumpía a los adultos, ni nada de eso.

En primaria siempre fui buen estudiante. Salía bien, era colaborador, me llevaba bien con mis compañeros de clase y los ayudaba en la medida de mis posibilidades.

En bachillerato era el carajo echador de broma, que nunca estudiaba, porque estudiar era algo de “nerds”, pero salía bien, porque era inteligente y me iba bien en clases. Pasaba con notas aceptables, no eran 20 o 19 pero, para no estudiar, un 17 o 15 es más que aceptable.

Era bueno en casi todas las materias: castellano, física, matemática, geografía. Sólo tuve problemas en Deportes y Química, donde siempre saqué 13 o 14.

Como me iba bien en física y casi todos mis compañeros de clase iban raspaos, yo les explicaba, nos reuníamos en casa de alguno y hacíamos maratones, por iniciativa mía además.

Yo hubiese podido decirles que no, que no quería explicarles, que yo ya iba bien en esa materia, que estaba muy ocupado, pero en cambio les proponía reunirnos en una casa, un grupo grande, dormir hasta la media noche y luego despertarnos y estudiar hasta que amaneciera. Eso lo hicimos muchas veces.

Le expliqué a mucha gente, no porque los considerara mis amigos entrañables ni nada de eso, sino porque me parecía lo más lógico: ayudar al otro.

De esa gente me quedaron algunos grandes amigos, que me di cuenta después de salir de bachillerato que eran amigos, y no solo panas. Y hoy casi dos décadas después seguimos saliendo, viéndonos, hablando.

Durante mi juventud mis compañeros de clase, vecinos, panas, etc. se me acercaban para contarme sus problemas. Yo era el oyente perfecto. Nunca me horrorizaba, ni me aburría, ni me quejaba. Siempre tenía tiempo, ganas y voluntad. Así me viniesen con el mismo cuento por enésima vez, yo siempre estaba dispuesto a escucharlo una y otra vez  y además, a ayudarlos.

En la universidad fue igual. El amigo perfecto, el compañero de clases perfecto, el estudiante perfecto (volví a ser estudioso), cuando asumí que era gay, tenía que ser el gay perfecto, siempre abierto, siempre franco, siempre militante, siempre fuera del closet, siempre políticamente correcto.

Con mis padres fui el hijo perfecto, el que no era callejero, el que no tomaba, el que no consumió drogas, el colaborador, el que siempre llamaba si se iba a quedar en Caracas.

Con mi primera relación de pareja fue igual, yo era el novio perfecto. El que nunca se molestaba, el que no sufría de celos, el comprensivo, el solidario, el tolerante, el amoroso.

En el trabajo era el empleado incondicional que hacía mi trabajo y el de los demás, que no tenía hora de salida, que apoyaba siempre, buen compañero, no era chismoso, ni conflictivo, sabía trabajar en equipo.

En las fiestas era el que bailaba toda la noche, el que siempre estaba alegre, nunca triste, nunca molesto. Siempre dispuesto a bailar, a pasarla bien.

Ese era yo. El tipo perfecto. El hijo perfecto, el compañero de trabajo, el amigo, el estudiante, el profesor, el jefe, el familiar, el pana, el compañero de rumbas, el desconocido, el novio… ideal.

Y era tan agotador, pero tan agotador intentar ser perfecto las 24 horas del día, los 365 días del año, frente a todo el mundo, que algún día tenía que explotar, y afortunadamente explotó.