martes, 29 de septiembre de 2015

Las estrellas


Si pudiera estudiar una segunda carrera, no para vivir de ella, sino por hobby, cuando yo tenga 50 años, estudiaría astronomía. No astrología, sino astronomía.

Y me acostaría en las noches estrelladas sobre el techo de mi casa, con una manta y vería por horas y horas las estrellas. ¿Cuántas estrellas habrá allá arriba? ¿Cuántos planetas? ¿Cuántos satélites? ¿En cuántos habrá vida? ¿Sabrán de nosotros? ¿Los conoceremos algún día?

Ver las estrellas me hace sentir una enorme humildad. Es sentirme parte de una raza pequeñísima en el universo, que se siente inmortal porque se ve permanentemente al ombligo, pero si viéramos hacia fuera, nos daríamos cuenta de lo pequeño e insignificantes que somos.

Esa sensación me gusta.

Es extraño, pero cuando asumí que iba a comenzar a hacer pública mi orientación sexual estaba sentado en el techo de mi casa, de noche, viendo las estrellas. Y me sentía tan pequeño, tan insignificante, que sentí que poco importaba que un ser viviente, en un planeta con aproximadamente 7 billones de seres humanos y otros billones de otras especies, en una galaxia con una estrella joven, en un universo enorme, desconocido, lleno seguramente de otras constelaciones, estrellas, planetas y seres vivos… bueno, pensé, si un ser tan pequeño como yo decidía vivir mi vida como yo quería, con honestidad, con franqueza, poco o nada iba a afectar al resto del universo. ¡Qué loco! ¿verdad?

Después me di cuenta que estaba equivocado, que todo lo que hagamos tiene impacto, en nuestro círculo más cercano, en nuestra familia, nuestros amigos, pero incluso más allá.

Yo asumí que era gay por mí, no porque quería cambiar el mundo, ni porque iba a luchar contra la discriminación, ni nada de eso. Sólo quería ser yo. No quería ser fuerte. Todavía no quiero serlo. En mis momentos de llanto, de impotencia, de tristeza, me digo, que yo no quiero ser fuerte, no puedo serlo, no quiero, como con ganas de tirar la toalla.

En esos momentos lloro …mucho. Después sigo adelante. Todavía no sé de dónde saco fuerzas. Sólo sé que no quiero ser fuerte, que no quiero pelear con el mundo, sólo quiero que me dejen vivir mi vida como yo quiero.

Por eso me gusta mirar las estrellas, en las noches claras. Me gusta estar un rato viéndolas, imaginándome en cuántos de esos pequeños puntos de luz habrá vida, y en lo poco que le importa a ellos lo que yo haga.