sábado, 29 de agosto de 2015

Cruishing


Me molesta sonar tan cliché, pero estoy flechado por un tipo heterosexual. Yo, autodeclarado marico militante fuera del closet, terminé suspirando por un carajo que puede rayar a veces de cerdo homofóbico. ¿Cómo llegué hasta acá? ¡Que cupido me explique!

Al objeto de mi afecto no lo veo todos los días.

La primera vez que lo vi, me pareció un hombre atractivo. Un mulato, con drelos, ojos verdes, hace boxeo. Otro día le vi de espalda y tiene unas nalgas enormes, hermosas, como para pasar todo un fin de semana jugando entre ellas.



Hasta ahí la vaina era física, pero cuando lo escuché hablar, se me cayeron las medias. Me derretí.

Mis amigas y amigos (lo sé, mis amores), están cansados de escucharme hablar del mulato. Jean llegó a pensar que era producto de mi imaginación, Javier me dijo que lo invitara a tomar unas cervezas, Noel tiró la toalla y se hartó de mis cuentos.

Cuando el mulato está en el mismo espacio que yo, no puedo dejar de verlo. Me pongo torpe, dejo de escuchar a los demás y sólo lo veo a él. Cómo en las películas.

Tanto… que una mañana una amiga que no sabía nada se me acercó y me dijo “Disimula que se va a dar cuenta que le gustas”.

A estas alturas, todavía no sé si el tipo sea gay o no. Le gustan las mujeres, eso se le nota, pero a veces, cuando coincidimos y lo veo, él me sostiene la mirada.

Él tipo ya sabe que le gusto. Se me nota en la cara cuando lo veo. A veces me mira como diciendo: “Este es el marico que gusta de mí, mira como lo tengo, babeado”, otras veces solo me ve.

¿Cupido, cómo me quito esta flecha?