domingo, 30 de marzo de 2014

Cuando sea grande quiero ser maestro de primaria


1
Recuerdo mi último día de clase de primaria. Al regresar de la escuela me senté en el porche y sentía mucha incertidumbre. No sabía muy bien qué traería el futuro.

Durante esas vacaciones y antes de entrar a bachillerato, decidí abrir una escuelita en el porche de mi casa. Tendría como 12 años e invité a las vecinitas y vecinitos que estaban en preescolar.

Fueron dos meses superdivertidos. Al frente de la casa tenemos una campana que mi mamá usaba para anunciar el desayuno. Durante esas semanas, la campana servía para avisar del inicio de las clases.


A mis vecinitos y vecinitas les enseñé a leer, sumar y restar. Pintamos. Hicimos de todo un poco. La cosa duró hasta que me puse gruñón y las niñas y niños dejaron de ir.

Al año siguiente, una de mis alumnas me trajo su boleta de primer grado. Todas las materias tenían 20 puntos. Me dijo que había sido gracias a mí y me sentí muy orgulloso por su logro.

2
En bachillerato fui preparador de matemática y física. En época de exámenes nos reuníamos en alguna casa a estudiar de noche. Dormíamos hasta medianoche, los despertaba y comenzaba a explicarles hasta que salía el sol. Eran unos maratones divertidísimos. Al menos, yo me los tripeaba.

También di clases en una escuela de inglés cuando estaba terminando bachillerato. Yo era un imberbe mocoso flacuchento que le daba clases a chamos y adultos.

El primer día siempre era el más cansón. Algunos de mis alumnas y alumnos, sobre todo los mayores, me veían como diciendo “¿Y este pendejo me da a dar clases a mí?” Al final de ese día, ya me había ganado su confianza y entendían que este pendejo sí les podía enseñar un nuevo idioma.

3
Un momento difícil fue cuando me tocó escoger carrera universitaria. Educación estaba en mi lista, pero cuatro argumentos me hicieron cambiar de idea.

Primero, educación estaba muy mal pagado. Ser maestro es un asunto de vocación y yo la tengo, pero no sabía si era tan fuerte como para soportar una vida de limitaciones económicas.

Segundo, como muy pocos querían estudiar docencia, el promedio necesario para ingresar a esa carrera había bajado muchísimo. Creo que diez o doce puntos. Mi madrina es una maestra de vocación y tenía pésimas referencias del gremio docente.

Tercero, mi madre me dijo que la docencia la podía ejercer en cualquier carrera que escogiera, porque podía dar clases una vez graduado. Buen argumento.

El cuarto punto creo que fue el de más peso. Justo en esa época había asumido que era gay y había decidido vivir mi vida abiertamente. Pensé que muy pocos padres y madres les gustaría que sus hijos e hijas vieran clases con un maestro abiertamente gay. Además está la idea errada de que homosexualidad es lo mismo que pedofilia.

Creo que hubiera sido un excelente maestro, pero no tenía ganas de lidiar con los prejuicios homofóbicos, al menos no en mi campo laboral.

4
Después de pensarlo, saqué la docencia de mi lista de opciones. Estudié comunicación social y me enamoré del periodismo en el transcurso de la carrera.

La docencia universitaria sigue siendo una idea en mente. Ya la probé, al menos en pregrado, con mis pollitos de la Ucab. Aunque fue una experiencia única que no cambiaría por nada, creo que todavía estoy muy jojoto para dar clases de nuevo, al menos en lo que me gustaría. Vamos a ver qué nos depara el futuro.