martes, 12 de enero de 2016

¿Por qué transcribí el libro “En defensa del aborto en Venezuela” de Giovanna Mérola?


Cuando trabajé en el diario, le propuse a mi jefa hacer un trabajo especial sobre el aborto en Venezuela. Ella me dio luz verde y monté el texto "Las pobres no tienen acceso al aborto seguro". Acá puedes leer la historia detrás de este reportaje.

El cuento es que después de conocer la historia de Giovanna Mérola, me propuse transcribir su libro "En defensa del aborto en Venezuela" y publicarlo de manera gratuita por internet.

Al principio avancé mucho, pero cuando cambié de trabajo, el proyecto se quedó varado.



Hoy comienzo a cumplir mi promesa. Desde esta fecha estoy publicando cada uno de los capítulos del libro "En defensa del aborto" de Giovanna Mérola.

A estas alturas, todavía no he terminado de transcribirlo. Me falta el último capítulo, pero no quería darle más largas a este asunto.

Además, lo que ya transcribí está montado en una versión en PDF, diagramado, con fotos y tablas, bien bonito.

Estoy leyendo un vainero sobre diseño de libros digitales porque algo me dice que no tiene sentido hacerlo idéntico a una versión en papel.

Espero terminar pronto de transcribir lo que me falta y resolver el dilema en materia de diseño gráfico.

Por ahora, disfruten la presentación y el prólogo del libro.


En defensa del aborto en Venezuela (I parte)
Giovanna Mérola

Editorial Ateneo de Caracas
Caracas 1979

Primera edición Marzo 1979
Segunda edición Abril 1979
Diseño de portada: Aracelys Ocante
Fotos: Ana Amundaray

Primera edición en digital 2015
Transcripción: Jorge González Durand
Bitácora Sexodiversa @BitacoraDsx
www.papelesdsx.blogspot.com

Distribución gratuita

Dedicatoria
A la memoria de Angélica María Toledo Rodríguez, víctima de un aborto clandestino en Venezuela. Su cuerpo fue abandonado a orillas de una carretera en abril de 1976. Fue ella la que inspiró este trabajo.



Prólogo

¿Quién es Angélica María Toledo, a quien Giovanna Machado dedica este libro? Una mujer como cualquier otra. Una mujer como tú y yo. Una mujer que decidió que un embarazo accidental no se convirtiera en una maternidad infeliz.

Pero una decisión semejante, en un país como Venezuela, en donde el aborto es considerado por la ley como un crimen, no se toma sin correr riesgos. Riesgo de persecución judicial y riesgo de perder la vida.

Y eso fue lo que le sucedió a Angélica María Toledo: pagó con la vida su no conformismo; el haber trasgredido la moral y la ética impuestas por el patriarcado; y el arrogarse el derecho de una maternidad responsable: que es el derecho a escoger el momento de ser madre o el derecho de no serlo nunca.

El embarazo y la maternidad son acontecimientos en donde el cuerpo y la vida de la mujer están en juego; por lo tanto la implican única y exclusivamente a ella. Y en tanto que madre posible, ella será igualmente, sola responsable del niño (a) por nacer, aunque tenga el apoyo económico del padre. Ahora bien, las legislaciones han sido siempre hechas por los hombres, inclusive las que se refieren a la mujer; un ejemplo de ello es la ley del aborto, en donde las primeras interesadas, –las mujeres– no han tenido derecho a la palabra. Producto de un sistema universal que le confiere todo el poder al hombre; este hecho caracteriza todas las culturas y todos los modos de producción, sin que vaya en ello una crítica o una defensa de ningún sistema social en particular. Se trata simplemente de una constatación elemental, a efectos de subrayar lo escandaloso de que una ley que incumbe única y exclusivamente a las mujeres haya sido elaborada por los hombres, cuyos cuerpos no están en lo más mínimo concernidos por la maternidad, el embarazo o el aborto.

Angélica María Toledo murió víctima del aborto clandestino. Su cuerpo fue tirado a orillas de una carretera. Doble castigo: pagó con su vida la existencia de una ley absurda y aberrante, y luego su cuerpo –el cuerpo del delito, puesto que de delito se trata–, fue tratado como un desecho, que había que hacer desaparecer, por el médico que se sentía condenado por la ley. Así terminó la vida de una mujer en pleno desarrollo, víctima de una ley que condena la sexualidad a la pura procreación, y la maternidad a un fatalismo en lugar de ser un goce.

Pero ¿qué hacer en semejantes casos, en un país en donde el aborto es un delito grave?

Acudir, en el mejor de los casos, cuando los medios económicos lo permiten, a un médico que practique abortos clandestinos, sin ninguna garantía sobre el desenlace de la operación, porque en tales circunstancias, no se puede esperar contar con los equipos indispensables y necesarios para los casos de accidentes como por ejemplo, los debidos a la anestesia o a hemorragias. Angélica María Toledo había pagado 5.000 bolívares adelantados para que se le practicara el aborto.

Qué pensar entonces de lo que sucede con la mayoría de las mujeres que abortan y no poseen los medios necesarios para acudir a un médico… Se ven obligadas a recurrir a métodos artesanales y antihigiénicos, que llevan muchas veces a un desenlace fatal. Por eso el aborto es en Venezuela la primera causa de mortalidad de mujeres en edad de gestar.

Y fue a partir del hecho dramático de la muerte de Angélica María Toledo que Giovanna Machado quiso saber más, y cerciorarse de que no se trataba de un caso aislado. Y de esa búsqueda vio la luz este libro. Su afán al escribirlo no fue el de hacer un panfleto contradictorio, ni el de caer en controversias irracionales. Consciente del hecho de que iba a incursionar en el terreno más cargado de tabúes en Venezuela. Giovanna se dedicó con ahínco a realizar una investigación exhaustiva, situando el problema tanto en el plano histórico, como político, social, moral y legal, primeramente a nivel mundial, para luego centrarse en el caso de Venezuela. De ahí que se trate de un aporte de verdadero valor científico. Es al mismo tiempo un libro comprometido porque GM se identifica totalmente como mujer, con los avatares de toda índole por los que atraviesan las 400.000 mujeres que abortan cada año en Venezuela.

Es un llamado a la toma de conciencia de las mujeres, para que tomen en sus manos la lucha por un derecho elemental, para que cesen de reaccionar como animales nobles que aceptan sin chistar las cargas más pesadas. Para que reivindiquen la maternidad como goce, y no como una fatalidad del subdesarrollo.



Polémico es porque incursiona en el terreno de los que consideran que la vida intrauterina es sagrada, pero para quienes no es motivo de escándalo el que mueran miles de mujeres por causa de abortos mal practicados, ni tampoco el desgaste físico precoz causado por maternidades seguidas. Tampoco les choca el hecho de que el carácter de clandestinidad del aborto permita el desarrollo de un comercio sumamente fructífero que ha enriquecido a algunos profesionales de la medicina. Los que plantean así el problema sólo se preocupan por posiciones existenciales, sin tomar en cuenta la parte de eficiencia que se necesita para existir. considerar al aborto como un crimen dispensa al Estado de la obligación de crear el tipo de sociedad en la que sería válido nacer. Aún existiendo el deseo de maternidad, ya es un acto de heroísmo tener un hijo (a), en una sociedad que no brinda las condiciones mínimas necesarias para el desarrollo físico e intelectual de los niños y, para que la maternidad no sea vivida como una carga.

Esto es, la existencia de guarderías infantiles, de una medicina preventiva, de suficientes escuelas, parques, etc.

Con qué autoridad moral un estado que no cumple con su papel teniendo los medios, como es el caso de Venezuela, quiere obligar a las mujeres a parir y a que sigan supliéndolo en lo que concierne al crecimiento, al desarrollo de los niños que nacen.

También hay los que ponen como pretexto para la no legalización del aborto el traumatismo que sufre la mujer al abortar. No es un misterio que la interrupción de cualquier proceso biológico normal es necesariamente traumática. Cabe preguntarse ¿qué es más traumático tanto para la madre como para el hijo (a)?

¿Una maternidad no deseada, que necesariamente se reflejará en la relación madre-hijo (a), con el agravante de que otro hijo (a), no haría más que sumarse a la situación ya de extrema miseria de los otros? (Como es sabido, en Venezuela, en los sectores llamados marginales, es la mujer la que generalmente tiene que asumir sola la crianza de los hijos).

¿O un aborto practicado en las mejores condiciones, sin que la mujer se sienta culpabilizada?

No se enfoca en lo más mínimo lo que afecta a la mujer en su cuerpo, ni en su deseo de maternidad. Se trata de manipularlas convirtiéndolas en víctimas del sistema sin que medie la libre disposición de su cuerpo como elemento biológico reproductor y como cuerpo sexual. Ejemplo de ello es la presión que se ejerce en algunas maternidades para inducir a la mujer a que se ligue las trompas. En muchos países se le practica la operación sin ni siquiera consultar a la mujer, aprovechándose del momento del parto. Esto ha sido comprobado en países como Bolivia, Guatemala y México. Y aquí llegamos a un prueba más de la hipocresía del Estado: desarrollan con ahínco planes de control de natalidad que conllevan la práctica de la esterilización, amputando una parte del cuerpo de la mujer, con las consecuencias traumáticas que se desprenden de un hecho que es irreversible. Pero la legalización del aborto no está contemplada dentro de estos planes. El aborto sería una decisión personal de la mujer, y eso es inaceptable.

No se trata de plantear el aborto como un método anti-conceptivo, pero como no hay método anticonceptivo infalible siempre habrán casos en que una mujer se vea obligada a recurrir al aborto.

Se trata solamente de contemplar el aborto en términos de AUTONOMÍA FEMENINA. Es sabido que todas las sociedades encuentran las formas de transgredir las prohibiciones, y la prueba son los 400.000 abortos por año en Venezuela, a pesar de la ley que los prohíbe. Lo que indican que las mujeres no se resignan. Pero es un derecho elemental, que ni siquiera debería depender de la legislación. Simplemente se trata, como bien lo dice GM, de un problema de salud pública.

Elizabeth Burgos